ARTÍCULO ESPECIAL: Más que un gol
Paola Manosalva / Reporte Femenino
La palabra “gol” va más allá de una celebración cualquiera, pues lleva plasmada en tres letras la gloria y el fracaso. A menudo nos damos de bruces con ella, muchas veces para alzarla en brazos, y otras para hundirnos en absoluta tristeza. Parece irreal que exista algo capaz de hacer rugir a un país tan alto, tan claro, algo tan circunstancial como el abrazo de un balón en la red del contrario, pero así es, espontáneo, el estallido entre gritos de un equipo que porta la ilusión de aquellos que van a mirarlo.
Me he sentido de esa manera incontables veces, pero hay una vez especial, algo que me cambió para siempre. Tenía 11 años y en una búsqueda frustrada en el televisor me encontré con algo desconocido dentro del aislamiento de un pueblo tan pequeño y rudimentario. Aquello quizás hoy no tenga mucho de extraordinario, pero así lo fue para mí: niñas jugando fútbol, en un equipo real, niñas compitiendo en un mundial, niñas como yo.
Mi pasión por el fútbol no era nueva, puede que aún añore el recuerdo de aquellas tardes eternas en las calles de mi barrio, persiguiendo una pelota hecha de bolsas y papel periódico en su interior. “Tú a la portería”, me decían, la única niña, siempre a la portería. Pensé que me correspondía por ser “débil”, pensé que no éramos capaces de otra cosa, pero eso desapareció con aquel gol inesperado, brillante, con aquel rugido que saltó de la pequeña pantalla y la emoción de una familia entera que esperaba el segundo tanto.
Con un gol la vinotinto sub17 femenina vencía a la selección italiana, con un gol de ella, de Deyna Castellanos. No fue simplemente un gol, de repente el trayecto del balón desvanecía todos los obstáculos, derribaba el techo de cristal, permitía que las niñas, las niñas como yo, soñaran sin complejos con un futuro elegido por sí mismas, a su manera, a su medida.
Deyna Castellanos es la cara visible de una generación, un grupo de niñas que se atrevió a desafiar a un país todavía arcaico, y que logró hacer que se rindieran a sus pies, que las recibieran entre halagos y aplausos. Por eso las bautizamos guerreras, porque lograron hacer de la cancha un espacio sobre fútbol, fútbol sin divisiones, fútbol sin adjetivos.
Tengo aún mucho por decirte, Deyna
palabras que por culpa de los nervios se quedaron atrapadas, mucho sobre todas aquellas veces que me impulsaste a seguir pensando en grande.
Pero creo que más allá de eso, debo agradecer a ti y a tus compañeras, por no bajar la mirada, por levantar los brazos, por ser unas inconformistas, unas rebeldes, por seguir luchando.
El fútbol las recordará
y yo me sentiré orgullosa de haber coincidido en el tiempo con una generación de jugadoras tan irrepetible, y especialmente de haber coincidido contigo.
Has sido una linda casualidad, simplemente, gracias.
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enero 28, 2020
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